03 noviembre 2014

                        


Una trilogía con una primera parte que impresiona... 


“Durante la cena, la abuela dice:
—Ya lo habéis entendido. El cobijo y el alimento hay que ganárselos.
Nosotros decimos:
—No es eso. El trabajo es pesado, pero mirar sin hacer nada a alguien que trabaja es mucho más pesado aún, sobre todo si es un viejo.
La abuela dice, sarcástica:
—¡Hijos de perra! ¿Queréis decir que os doy pena?
—No, abuela. Solamente nos avergonzamos de nosotros mismos.
Por la tarde vamos a buscar leña al bosque.
A partir de entonces hacemos todos los trabajos que somos capaces de hacer.”



“Algunos días más tarde empezamos la escuela. Cada uno en una clase distinta. Nos sentamos en la primera fila.
Estamos separados el uno del otro por toda la longitud del edificio. Esa distancia entre nosotros nos parece monstruosa, el dolor que experimentamos es insoportable. Es como si nos arrancasen la mitad del cuerpo. No tenemos equilibrio, nos da vértigo, nos caemos, perdemos el conocimiento.
Nos despertamos en la ambulancia que nos lleva al hospital.
Nuestra madre viene a buscarnos. Sonríe, nos dice:
—Estaréis en la misma clase desde mañana.
En casa, nuestro padre sólo nos dice:
—¡Farsantes!”








“Cuando haya que matar a algún animal, nos llamas. Lo haremos nosotros.
Ella dice:
—Os gusta, ¿eh?
—No, abuela, justamente, no nos gusta. Y por eso tenemos que acostumbrarnos.
Ella dice:
—Ya lo entiendo. Es un nuevo ejercicio. Tenéis razón. Hay que saber matar cuando es necesario.
Empezamos por los peces. Los cogemos por la cola y les golpeamos la cabeza contra una piedra. Nos acostumbramos rápido a matar a los animales destinados a ser comidos: pollos, conejos, patos. Más tarde, matamos animales que no sería necesario matar”


Kristof, Agota. “El gran cuaderno.” 






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