04 julio 2017


Farenheit 451 reseña palabras en cadena

Leo Fahrenheit 451 por segunda vez. Reconozco no disfrutar de su primera lectura y coger, un poco a mi pesar, esta segunda vez el libro. No apetece. La recuerdo lenta y algo aburrida.

Primera sorpresa. Tras los primeros capítulos mis anotaciones y subrayados son frecuentes. Será cosa de madurez lectora, pienso. Tal vez, a fuerza de hacerlo, estoy aprendiendo a leer.

Aun así no las tengo todas conmigo. Ya lo había intentado. Llega la segunda sorpresa, el estilo me cautiva. ¿El estilo? Céntrate, señora, que te resultaba aburrido. Bradbury de repente me gusta. Y sigo con mi lápiz, subrayando. Pensando. Subrayando. Reflexionando.

Tercera sorpresa, no es aburrida… más bien es frenética. O el ritmo de la gente es frenético y el lector se contagia. Porque el ritmo real de la novela es pausado, lo que va acelerando la narración es el modo de vida de los ciudadanos que viven en esta historia.
Pantallas por todas partes, (control, control, control) siempre encendidas (ruido, ruido, ruido).Y el que está sometido a ruido no piensa… Ahí queda eso.

No me arrepiento de esta segunda lectura que fue mejor, infinitamente mejor que la primera. La distopía, junto a 1984 (Link a reseña) acierta en pleno, tal vez más la novela que hoy nos ocupa…

Farenheit 451 reseña libro Farenheit 451 del blog Palabras en cadena

El futuro era eso. Personas abducidas por la pantalla, con constante necesidad de estar conectados. Gente que deja de lado la cultura y da un valor desmesurado al ocio. Idolatrando lo material, a un lado lo menos tangible. Un paso evolutivo donde los sentidos no tienen ningún sentido… La tierra, las casas, lo animales (eléctricos) no huelen. La evolución nos lleva hasta el control. Todo está controlado. Nuestra familia es esa gente que no conocemos pero que está al otro lado de la pantalla…

¿Creéis que hablo de Facebook, de Twitter o de Instagram? Error. Hablo de Fahrenheit 451, una historia escrita por Bradbury en 1953.
La literatura siempre tuvo visionarios, y Ray Bradbury acertó de pleno. Tanto, que una siente miedo conforme pasa página… Y siente más miedo cuando descubre que esa supuesta prohibición del Estado no es real. El gobierno no prohíbe nada, es la gente la que deja de lado la cultura. Ellos dejan de leer libro y cogen cosas más ligeras, revistas eróticas, historietas.
“Todas las minorías menores con sus ombligos que hay que mantener limpios. Los autores, llenos de malignos pensamientos, aporrean máquinas de escribir. Eso hicieron. Las revistas se convirtieron en una masa insulsa y amorfa. Los libros, según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. No es extraño que los libros dejaran de venderse, decían los críticos. Pero el público, que sabía lo que quería, permitió la supervivencia de los libros de historietas. Y de las revistas eróticas tridimensionales, claro está. Ahí tienes, Montag. No era una imposición del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno puede ser feliz continuamente, se le permite leer historietas ilustradas o periódicos profesionales.—Sí, pero, ¿qué me dice de los bomberos?—Ah. —Beatty se inclinó hacia delante entre la débil neblina producida por su pipa.— ¿Qué es más fácil de explicar y más lógico? Como las universidades producían más corredores, saltadores, boxeadores, aviadores y nadadores, en vez de profesores, críticos, sabios, y creadores, la palabra «intelectual», claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser.”



Quizá la primera vez no me resultó tan actual. Quizá entonces no había tantas pantallas quitándonos nuestro tiempo. Quizá en ese momento no la vi apocalíptica, como la veo ahora.

Porque la gente deja de leer, deja de ir al teatro y apenas consume cine. Y, quién sabe si en unos años los bomberos queman libros. Porque así lo hemos querido.
Díganme ustedes, lectores, si no es para asustarse.








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