20 marzo 2017



“Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hagan felices podríamos escribirlos nosotros mismos, si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo”
Franz Kafka ( carta a Oskar Pollak, 1904)





Me permito el lujo de citar a Kafka para hablar de Castro. Y no porque la escritura del uno me recuerde al otro. No. Lo cito porque esta frase define perfectamente “sylvia”. Sylvia muerde, pincha. Sylvia difícilmente te hace feliz. Sylvia te hace sentir  desterrada. Sylvia es el hacha que rompe el mar helado dentro de nosotros. Eso creo. Pienso además que Sylvia se puede leer dos, tres, cuatro veces y disfrutar cada una de esas lecturas. Aunque duela.

Ya dolió anteriormente “entre culebras y extraños”(link). Dolió y aún así esperamos lo nuevo de Celso Castro. Voy a confesar que yo lo esperé por su estilo narrativo. Echaba de menos su escritura en minúsculas. Castro no usa mayúsculas, y coloca guiones raros creando un estilo reconocible por el lector. Porque lo hace bien. Muy bien.  En una época en la que la escritura sobre vive a base flashback y dejavús el lector, en este caso lectora, agradece esa creación propia. Ese romper las normas. Ese decir: quietos todos que ha llegado Celso Castro con sus minúsculas.

Pero no solo de minúsculas vive el autor, porque este escritor ha creado un “yo” narrativo difícil de igualar. Un “yo” psicológicamente débil que me va narrando los hechos. Que me anticipa constantemente lo que pasa (bendita segunda lectura), mientras me desgarra por dentro. Porque a este narrador a veces le das la razón como a veces le agitarías gritando “REACCIONA”.  Y en este monólogo constante que es la escritura de Celso lo personajes quedan perfectamente retratados.
Es imposible hablar de Sylvia y no detenerse en este trío de personajes. El narrador y Sylvia, atormentados poetas, y la madre de él.
Esta reseña podría centrarse en la extraña, y enfermiza, relación entre poetas. Supongo que esa es la trama del libro. Meter al lector en el dolor de él al sentirse abandonado.

  “Si nunca has suplicado de rodillas que no te abandonen, si no te has arrastrado a los pies de la persona que amas y no la has seguido babeando hasta el ascensor, y por favor que harás lo que quiera, pero por favor…”
O en la necesidad de liberarse de ella.
  -joder… lágrimas no, por favor… no lo hagas más difícil, anda…joder…escucha… ¿qué crees que yo no te quiero a ti, eh?... te quiero muchísimo, y siempre te querré muchísimo, pase lo que pase, pero ahora…”
 Este autor sabe cómo hacerte sentir. Ya sabéis, el puñetazo. Plaf. Directo al estómago. Tan fuerte que te hace llorar.

Podrá centrarme ahí, en la pareja, seguramente todas las reseñas lo hagan… Pero yo tengo que hablar de la madre. (Ahora una sonrisita se dibuja en mi cara y yo sé porqué) Una madre hastiada que siente, como todas las madres, un amor profundo hacía su hijo, y que como todas las madres, intenta hacer lo mejor para él. Ay, pobre. Ella, que ve un hijo descarriado y culpa de todo a un trauma por el suicidio paterno. Ella que muestra amor y protección constante. Ella que a veces hace daño sin querer, pero siempre está ahí, donde están siempre todas las madres. Y lloro nuevamente. Y él, que deliberadamente o sin querer, porque al leer dudas, a veces le hace daño y otras (aquí viene una de las escenas más bonitas que he leído pero que no voy a contar) le demuestras un amor tan grande que nuevamente duele.

Uf. Necesario leer, ¿no crees?

Añade el toque de humor y alguna crítica encubierta y tendrá una novela que no puedes dejar pasar.
Sylvia desde la portada te desafía, porque en las buenas novelas, hasta las portadas te dicen lo que te van a contar. Aunque tú, al comprarlo, aún no lo sepas.