05 diciembre 2016




Sigo sumergida en los versos... Hay que leer poesía, me he dicho estos días en los que reconozco haber leído más poesía que en el último año. Hay que leer y regalar poesía, hay pocos regalos más bonitos...
No podía olvidarme del último ganador del Premio de Poesía Hermanos Argensola de Barbastro, que nos cautivó a su paso por Barbastro y ha vuelto a cautivar con sus palabras.
Gracias Emilio por regalarme tus poemas y tu tiempo. 








Emilio, me asombró tu paso por Barbastro. Eres joven y eres poeta. ¿Se nace poeta?

Gracias por tus amables palabras, pero creo que voy camino ya de ser más bien un viejoven. Resultaría romántico responder a tu pregunta con un sí, pero me temo que como mucho uno nace con cierta curiosidad por el mundo que después intenta satisfacer con más o menos sensibilidad o creatividad. A mí mismo todavía me cuesta reconocerme como poeta, aunque es cierto que escribir es algo que he hecho desde muy joven sin ningún tipo de ambición ni intención de dedicarme a ello. Supongo que a otros les da por la colombofilia o el running, cada uno intenta sentirse vivo y dejar constancia de ello de alguna forma.

Ayer leía en las redes una discusión sobre esos poetas jóvenes que venden mucho hoy en día. Decían que no era poesía. ¿Está la poesía subida en un pedestal al que los mortales no podemos subir?

No creo que deba ser yo quien reparta los carnets de poeta, en principio me parece bien que la gente escriba y compre libros. Tampoco creo que la poesía esté subida a ningún pedestal, en todo caso los que están allí subidos son algunos poetas y críticos que consideran el hermetismo de sus obras como una distinción de calidad artística y profundidad que los eleva sobre el resto de los mortales. Pero también hay otros muchos poetas que son perfectamente apreciables sin necesidad de ser doctor en filología.
Lo que sí observo es que como lectores nos hemos hecho demasiado cómodos. Cualquiera puede acceder a la poesía, pero para eso debe dedicarle algo de tiempo, debe estar dispuesto a poner el mundo entre paréntesis durante un rato para centrarse en exprimir el poema que está leyendo y poder saciar así la sed con su zumo. Uno no puede pretender estar leyendo un libro de poesías con la tele puesta, escuchando música y tuiteándolo en tiempo real. Supongo que por eso cada vez más se venden libros que sí permiten hacer todo esto a la vez.
He leído algo de los poetas jóvenes más vendidos y me ha parecido que escriben sobre las mismas masturbaciones mentales sobre las que yo escribía a los 18 o 20 años, cuando aún no había leído más poesía que las letras de Extremoduro (conste que me siguen gustando), utilizando los mismos tópicos y con la misma afectación. Doy gracias por haber nacido en una época pre-redes sociales y no haber tenido entonces ninguna necesidad de publicar mis escritos.

Eres camarero, nos dijiste, no vives de la poesía. Cómo te planteas el futuro. ¿Ves posible vivir del verso?


Esta pregunta es fácil: no. Del verso hoy en día no vive nadie. Tampoco de la hostelería, por cierto. Así que en un futuro seguiré sirviendo cafés y escribiendo. Y a vivir del aire.

Alguien de repente te anima a unir tus poemas en forma de poemario… ¿No te creías poeta?

Uno nunca sabe si lo que escribe es realmente bueno. Obviamente, a mí mis poemas me parecen la hostia, y a mi mujer también, claro. Pero tengo el defecto de compararme siempre con los grandes en lugar de con los de mi talla, y ahí siempre salgo perdiendo. Reunir un poemario y presentarlo a un concurso es una forma de exponerse a un juicio externo más o menos fiable. Aunque siendo honesto, no funcionó: sigo sin creérmelo del todo.

Y ese primer poemario gana un premio importante, el Premio de poesía Hermanos Argensola de Barbastro y te coloca directamente en Visor Editorial. ¿Qué se siente al recibir esa llamada?

Pues en un primer momento sentí lo que supongo que debió sentir Andrés Iniesta segundos después de marcar el gol que convertía a España por primera vez en campeona del mundo. Para mí no significó sólo ganar un premio importante, sino también una justificación de vida: la certeza de haber sacado al menos algo aprovechable de mis errores y mis fracasos. De que todo el trayecto hasta el presente al final había servido para algo: para que, junto a mis libros de Bukowski, Vilas, Vicente Gallego, Dickinson o Pessoa, editados por Visor, estuviera el mío. Algo es algo.
Lloráis porque sois jóvenes… ¿Hay que hacer llorar a los jóvenes con la poesía para ganar lectores?

Los jóvenes tienen que llorar y reír, con poesía o sin ella, porque por eso son jóvenes. Y no estoy hablando de la edad, que es simplemente un dato en el DNI. Estoy hablando de bajar los escudos, de rechazar el cinismo y de ignorar el miedo. Lo que hace llorar o reír no es la poesía, es la vida. Me gusta pensar que mis poemas invitan a abrirse a ella.

El poeta ¿vive para escribir, o escribe para vivir?

El poeta vive, como todo hijo de vecino, con más o menos acierto. Sólo que además lo cuenta. Y lo cuenta de la misma forma caótica y fragmentaria con la que lo vive, sin filtros externos. O al menos así es en la poesía que a mí me interesa. La poesía para mí es una fe de vida.

No recuerdo haber entrevistado nunca a ningún poeta, excepto a uno, Felipe Benítez Reyes. Adoro su prosa porque es poética. ¿Te ves escribiendo una novela?

Pues en ello ando, pero dada mi feroz autoexigencia, mi agotador trabajo de horarios maratonianos y nulos derechos laborales y mi hijo de dos años, me temo que cuando la termine las novelas quizá ya no existan. Quizá para entonces ya hayan sido sustituidas por videojuegos o realidades virtuales.



Como lectora me voy reconciliando poco a poco con un genero que tenía abandonado, la poesía. Recomiéndame algo que haga que me enganche definitivamente a vosotros, lo poetas.

Te recomendaría que una noche, cuando todos en tu casa ya duerman, te abrieras una botella del Somontano y te sentaras en el sofá con una manta, un flexo y alguno de estos libros que se me ocurren ahora así a bote pronto:

Karmelo C. Irribarren: “Seguro que esta historia te suena”, Ed. Renacimiento
Roger Wolfe: “Días perdidos en los transportes públicos”, Ed. Anthropos
Pablo García Casado: “Fuera de campo”, Ed. Visor
Carlos Marzal: “El último en la fiesta”/ ”Metales pesados”, Ed. Renacimiento / Ed. Tusquets
Manuel Vilas: “Calor”, Ed. Visor
Vicente Gallego: “Santa deriva”, Ed. Visor.
Elena Medel: “Chatterton”, Ed. Visor.




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