22 marzo 2016



"Dorita murió durante la siesta, para terminar de amargarme las vacaciones”. No hay mejor forma de comenzar la recomendación de un libro que poniendo sus sorprendes primeras dos líneas. Y es queCamino de ida es una “roadmovie” trasladada al papel, que atrapa al lector desde sus inicios.
Octavio Rincón sonríe cuando muere su mujer, incluso sale a celebrarlo. Se había imaginado tantas veces una muerte que suponía su liberación, que no puede menos que festejar el suceso. Pero la felicidad le suele durar poco, y esta muerte no iba a suponer la excepción… desaparece el cadáver y Octavio comprende que es el principal sospechoso de la muerte de su esposa.
Y es aquí donde comienza nuestro viaje como lectores; a través del desierto y tras un cadáver desaparecido.
Octavio no tarda en encontrar, como sucede en la vida, un compañero de andanzas, un Quijote revolucionario que le muestra el camino a seguir. Un camino solo de ida, sin retorno, hacia todas esas cosas que nuestro protagonista se perdió por culpa de la tiranía de su mujer, donde aparecen los malos, tienen las letras de Salem un tinte negro, la mujer de su vida y hasta el mismísimo Carlos Gardel resucitado.
Este viaje, vendido sin opción a billete de vuelta, es divertido. Giros constantes de humor, situaciones esperpénticas, personajes originales que rozan la genialidad… Pero dentro de ese humor narrativo Salem nos muestra el difícil recorrido de la vida, acompañados de parejas, amigos, enemigos, humanos endiosados e ídolos de masas.
Y es este viaje, efectivamente Carlos, solo de ida. Porque en la vida no hay vuelta atrás, y nos persigue, como a nuestro querido Octavio, una nube oscura, que bien podría ser la conciencia… Esa nube que debemos sacudir para mandarla bien lejos.
Porque lo hecho, hecho está y nos ha tocado recorrer un Camino de ida.

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