09 agosto 2015



    
    


“Todavía está allí tumbado, con todos los recuadros blancos de la mente tachados, en calcetines y calzoncillos, cuando alguien llama a la puerta. Se incorpora, mirando a la pared, con el corazón convertido en un tambor que le aporrea las sienes, bien envuelto en las sábanas como si fuera un niño que intenta asustar a alguien. Ha estado tumbado boca abajo, tal vez bastante rato. Recuerda haber oído, desde el fondo de una tumba de lodo negro, desde el interior de una cueva sin luz situada un kilómetro por debajo de la superficie de la tierra, las vibraciones lejanas de su shoyfer, y un poco más tarde, el débil gorjeo del teléfono en la mesa de imitación de roble. Pero estaba tan profundamente sepultado en el lodo que aunque los teléfonos no hubieran sido más que los teléfonos de un sueño, no habría tenido ni fuerza ni voluntad para contestarlos. Su almohada está empapada de un brebaje asqueroso de sudor de borracho, pánico y saliva. Se mira el reloj de pulsera. Son las diez y veinte.”

Chabon, Michael.

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