14 junio 2015




“En la ciudad había dos mudos. Estaban siempre juntos. Cada mañana a primera hora salían de la casa en la que vivían y bajaban por la calle en dirección al trabajo, cogidos del brazo. Los dos amigos eran muy diferentes. El que siempre encabezaba la marcha era un griego obeso y soñador. En verano llevaba un polo amarillo o verde chapuceramente embutido en los pantalones por delante y suelto por detrás. Cuando hacía frío, se echaba encima un informe jersey gris. Tenía la cara redonda y grasienta, de párpados semicerrados y labios que se curvaban en una blanda y estúpida sonrisa. El otro mudo era alto, y en sus ojos brillaba una expresión vivaz, inteligente. Vestía siempre de forma inmaculada y sobria.”

“—¡Tonterías! —exclamó el doctor Copeland furiosamente—. No creo que tenga usted sentido común. Si yo fuera un hombre que pensara que valía la pena reírse, seguramente me reiría. Jamás había tenido la oportunidad de escuchar semejantes tonterías directamente.”




“Hacía más de un año que su amigo se había marchado. Y ese año no parecía ni corto ni largo. Estaba como borrado del sentido ordinario del tiempo…, como cuando uno está borracho o medio dormido. Detrás de cada hora siempre estaba su amigo. Y esta vida interior con Antonapoulos cambiaba y se desarrollaba al igual que las cosas que le rodeaban.”


 McCullers, Carson. “El corazón es un cazador solitario.” 

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