01 marzo 2015

                    
    

“Mi soledad se llenó de sonidos. Las niñas bajando y subiendo las escaleras corriendo; sus pasitos de potrillos haciendo vibrar la casa. Jugaban en el parque adoquinado al que se subía por una rampa y que era el centro del complejo habitacional sobre el que convergían las puertas y ventanas de los tres apartamentos modernos, de dos pisos.
El barrio Sabanilla, cerca de la universidad, era seguro, tranquilo. Del trajín de la ciudad, se ascendía por la carretera hacia esa zona alta de ambiente campestre con muchos árboles y jardines. Con las niñas llegó de Nicaragua Cristina, una morena guapa que las cuidaba mientras yo trabajaba. Inscribí a Maryam en la escuela. El autobús escolar la llevaba y traía. La nuestra era una casa llena de mujeres. En su pequeño espacio mis hijas y yo recuperamos pronto el roce, el contacto perdido. Con la habilidad propia de lo niños se adaptaron en un dos por tres a la novedad. A falta de un automóvil hasta la incomodidad de viajar en los autobuses urbanos les parecía una aventura. Me enterneció ver la rapidez con que me perdonaron la ausencia, la avidez con que me querían. Enrolladas como gatas las tres les hablé de las razones que nos separaron, de cuánto las extrañé. No sabía si me entendían, si necesitaban oírlo o era yo quien necesitaba decirlo, pero pensé que les debía una explicación. Estoy convencida de que fue un acierto hacerlas partícipes de las difíciles realidades de esa parte de mi vida. Tuve dudas sobre si debía o no exponerlas a ese conocimiento, pero no hallé ningún motivo que justificara ocultárselo, ni quise obligarlas a vivir en un mundo ficticio.”


Fragmento de Belli, Gioconda. “El país bajo mi piel"

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