10 noviembre 2014



                                
“Mamá Elena entró furiosa a la habitación y le dijo:
—¿Ya viste lo que estás ocasionando? Pedro y tú sois unos desvergonzados. Si no quieres que la sangre corra en esta casa, vete a donde no puedas hacerle daño a nadie, antes de que sea demasiado tarde.
—La que se debería de ir es usted. Ya me cansé de que me atormente. ¡Déjeme en paz de una vez por todas!
—No lo voy a hacer hasta que te comportes como una mujer de bien, ¡o sea, decentemente!
—¿Qué es comportarse decentemente? ¿Como usted lo hacía?
—Sí.
—¡Pues eso es lo que hago! ¿O no tuvo usted una hija ilícitamente?
—¡Te vas a condenar por hablarme así!
—¡No más de lo que usted está!
—¡Cállate la boca! ¿Pues qué te crees que eres?
—¡Me creo lo que soy! Una persona que tiene todo el derecho a vivir la vida como mejor me plazca. Déjeme de una vez por todas, ¡ya no la soporto! Es más, ¡la odio, siempre la odié!
Tita pronunció las palabras mágicas para hacer desaparecer a Mamá Elena para siempre. La imponente imagen de su madre empezó a empequeñecer hasta convertirse en una diminuta luz. Conforme el fantasma se desvanecía, el alivio crecía dentro del cuerpo de Tita. La inflamación del vientre y el dolor de los senos empezaron a ceder. Los músculos del centro de su cuerpo se relajaron, dando paso a la impetuosa salida de su menstruación. Esta descarga tantos días contenida mitigó sus penas. Respiró profunda y tranquilamente. No estaba embarazada. Pero no con esto terminaban sus problemas. La pequeña luz a que fue reducida la imagen de Mamá Elena empezó a girar rápidamente Atravesó el cristal de la ventana y salió disparada hacia el patio, como un buscapiés enloquecido. Pedro, en su borrachera, no se dio cuenta del peligro. Cantaba muy contento Estrellita, de Manuel M. Ponce, bajo la ventana de Tita, rodeado de revolucionarios igual de tomados que él. Gertrudis y Juan tampoco olieron la desgracia. Bailaban como dos adolescentes recién enamorados a la luz de uno de los tantos quinqués de petróleo que estaban diseminados por todo el patio para alumbrar la fiesta. 
De pronto, el buscapiés se acercó a Pedro girando vertiginosamente, y con una furia hizo que el quinqué más cercano a él estallara en mil pedazos. El petróleo esparció las llamas con rapidez sobre la cara y el cuerpo de Pedro."
Esquivel, Laura. “Como agua para chocolate.” 

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