27 enero 2014

Valoración personal: delicia. 


“No lo hice desconectar para aislarme del mundo, sino simplemente porque era un gasto que ya no podía permitirme. Cuando Zimmer me arengó un día delante de la biblioteca, quejándose de lo difícil que se había vuelto ponerse en contacto conmigo, eludí el tema de mis problemas económicos soltándole un largo discurso sobre cables, voces y la muerte del contacto humano.”


“Quiero deambular por ahí, percibir las situaciones según se presenten. Eso no se puede hacer sentado en un coche. Hay que estar en las calles, respirando el mismo aire que los demás”

“Pero allí estaba, en una noche primaveral sin nubes, andando por la calle con un paraguas abierto sobre la cabeza. La cosa era bastante incongruente de por sí, pero luego me di cuenta de que además el paraguas estaba roto: la tela habla sido arrancada del armazón y, con las varillas desnudas inútilmente extendidas en el aire, parecía como si llevara una enorme e inverosímil flor de acero. No pude evitar reírme. Cuando se lo describí a Effing, él también se rió. Su risa fue más alta que la mía y llamó la atención del hombre que iba por la otra acera. Con una amplia sonrisa, nos hizo un gesto para indicarnos que nos metiéramos debajo de su paraguas.
—¿Es que quieren mojarse? —dijo alegremente—. Vengan aquí para protegerse de la lluvia.
Había algo tan fantástico y espontáneo en su ofrecimiento que hubiera sido una grosería rechazarlo. Cruzamos la calle y caminamos treinta manzanas de Broadway bajo el paraguas roto. Me agradó ver con qué naturalidad fingió Effing la broma, sin hacer preguntas, comprendiendo por intuición que esta clase de juego sólo podía mantenerse si todos fingíamos creer en ello. Nuestro anfitrión se llamaba Orlando y era un cómico[…]”


Pasaje de: Auster, Paul. “El Palacio de la Luna".

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